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La dura historia de Ángel Correa: de la operación del corazón a campeón del mundo con la Selección Argentina y su presente en River

Cuando entró al quirófano en Nueva York a los 19 años, Ángel Correa no lo hizo con miedo a la muerte. “No me asustaba porque me iba a encontrar con mi papá, que lo extrañaba mucho”. Lo que sí lo inquietaba, en cambio, era que ningún médico le había asegurado que después de ser intervenido por un tumor benigno en el ventrículo izquierdo iba a volver a jugar a la pelota.

Es imposible conocer al #10 de River, el que empezó a encandilar con sus fintas ante Argentinos y que demostró criterio y talento en la ida ante Independiente Santa Fe, sin comprender su relación íntima con el fútbol. Un deporte que significaba esperanza para Ángel, quien aprendió a gatear, caminar y gambetear en el difícil Barrio Las Flores, al sudoeste de Rosario.

Lo que para los intelectuales puede considerarse un mero pedazo de cuero inflado, para Correa fue una bola de cristal a través de la que intentaba ver un futuro próspero. Diferente. “Saqué de la pobreza a mi familia: nosotros no teníamos para comer”, contaba el crack al que papá llevaba a jugar al baby al Club 6 de Mayo. Allí donde su mamá tuvo que presentar su DNI para resolver una disputa entre técnicos de dos categorías distintas que se peleaban tener a Angelito. Él era de la 95, nomás. Nacido un 9 de marzo, hace 31 años. Largos. Difíciles.

Como alguna vez Charly García le metaforizó a Susana Giménez en un living de entrevistas, el éxito para Correa llegó inmediatamente después de las trompadasLa infancia en Santa Fe fue crudaPerdió a su viejo a los 10 años y a los 12, a uno de sus ocho hermanosMarcela, una guerrera que lo acompañó en cada paso y a la que él homenajea en uno de sus tantos tatuajes, administraba los víveres, pasaba hambre o la engañaba con un mate cocido sólo para que los chicos tuvieran algo para comer una vez al día. Las jornadas muchas veces tenían una rutina que incluía caminatas hasta la ciudad para vender flores con su mamá, abrir puertas de taxis para ganarse una propina o timbrear para pedir una donación.

El fútbol era un escape. La pelota, único juguete.  Un día vas a romperla”, le había pronosticado su viejo. ¿Y si tenía razón? ¿Y si esas fintas, esos pie a pie, algún día se transformaban en un medio transformador de la vida de su familia?

Cuando Jorge García, histórico reclutador de ojo clínico, lo llevó a las Inferiores de San Lorenzo, el presagio de Ángel padre empezó a concretarse. El pibe, que también estuvo en el radar de River de purrete, no lo sabía. Ni que años después se iría al Atlético Madrid por u$s 8 millones, ni que volvería al fútbol argentino para jugar en Núñez a cambio de una cifra equivalente a casi el doble de aquella inversión. Había miedo. Había tristeza, nostalgia, un nudo en el estómago. Extrañaba, Correa. Extrañaba mucho. Tanto que pensó en volver a casa. Llegó a escaparse de la pensión que por entonces estaba ubicada debajo de la tribuna. Pero volvía. “Ahí tenía comida”, explicaría años después.

En Boedo “ la nutricionista me decía que estaba desnutrido, a cada uno de mis compañeros le daban una vianda y a mí, dos, porque ya venía flaco”, tal y como reveló el propio Correa. Un crack que se estableció y deslumbró en Inferiores. Cuando empezó a ganar viáticos, todo iba para casa, para su mamá, la que de lejos sufría por la ausencia de Angelito, pero que también entendía que estaba dando pasos hacia su sueño en el club en el que hasta protagonizó un momento histórico: el entonces cardenal Jorge Bergoglio le dio el sacramento de la Confirmación dos años antes de ser elegido Sumo Pontífice. El mismo Papa Francisco que lo recibió en audiencia privada en el Vaticano en 2015, un año después de la cirugía de ese tumor que le detectaron durante la revisión médica con el Atlético.

Para ese entonces, Correa ya había debutado con Juan Antonio Pizzi, con quien ganó su primer título profesional en 2013, ya le había metido dos golazos a Boca y también había sido determinante en la clasificación de San Lorenzo a los cuartos de final de la Libertadores que el club ganaría en 2014 antes de irse, no en los mejores términos: según sus palabras, sintió un destrato de parte de la CD en un momento delicado.

Producto de ese procedimiento médico al que fue sometido en los Estados Unidos, y que le permitió fichar para el Atleti, Correa estuvo fuera de las canchas durante 235 díasSu regreso, el 15 de enero del 2015: fue parte del debut de la Sub 20 de Humbertito Grondona en el Sudamericano Sub 20 que la Selección ganaría con Angelito como figura y con Giovanni Simeone, ex River, como goleador. Un apellido clave en la vida del #10: papá Cholo fue quien lo bancó cuando la directiva pensaba en cederlo. Y acertó: 465 partidos, 88 goles, 64 asistencias y tres títulos le darían la derecha.

La pelota ya estaba dándole premios a Correa. En el club y, en paralelo, también en la Selección: cuatro meses después de la eliminación en primera ronda en el Mundial Sub 20 debutó en la Mayor con Gerardo Martino como DT y marcó su primer gol en el 7-0 ante Bolivia. Un primer paso en una trayectoria de 28 participaciones y otros dos gritos principalmente integrando un ciclo histórico: el de Lionel Scaloni. El entrenador que siempre lo destacó por su versatilidad. Con un buen feedback: Correa siempre puso todo para estar. Tanto que además de celebrar la Copa América 21, en 2022 llegó a obviar una molestia producto de su cirugía cardíaca para no perderse la Finalissima 2022.

“Llevaba días viendo el alambre (de la cirugía) que estaba a punto de salirse del pecho pero no le dije nada al doctor porque quería estar sí o sí en Wembley. Después del partido me agarró un poco de miedo, también a mi familia y lo exterioricé. El doctor me dijo que podría haberse infectado, que pudo ser gravese me había abierto la cicatriz…”, revelaría el delantero luego de ser tratado.

A finales de ese año, en una semana transitó un carrusel de emociones: pasó de quedarse afuera de la lista de 26 citados para Qatar 2022 a ser llamado de emergencia para volar al Golfo Pérsico. El destino y sus giros metafóricos lo llevaron a ser contactado mientras jugaba un picado con amigos. Entre ellos, Thiago Almada, su “hermanito”, con el que ahora coinciden en River.

Y en Lusail llegó a lo máximo. A lo que soñó en cada tardecita en Las Flores. La Copa del Mundo al lado de Lionel Messi. El trofeo, las luces. La gloria. El reconocimiento que se había ganado como juvenil en San Lorenzo y que ya tenía en Madrid, ahora era internacional.

Sin embargo, en paralelo, íntimamente Correa cargaba con un profundo peso: mamá Marcela estaba tratándose hacía un tiempo contra el cáncer“Es nuestra fuerza. A pesar de que está luchando, sigue con nosotros. Me llena de orgullo y nosotros la llenamos de fuerzas”, declaraba en Goal en marzo de 2023. En su honor, de hecho, el rosarino se había rapado y tomado una foto con ella durante el tratamiento.

En abril de ese mismo año, Marcela fallecióUn dolor inmenso atravesó a Angelito, ahora padre de Lola, Luz y Lía fruto de su romance con Sabrina Di Marzo. Él había logrado transformar la realidad, el día a día, de esa mujer que había puesto el cuerpo por él. Que lo había arropado. Que lo había cuidado. La que le preparaba las mejores milanesas después de hacer goles. La que eligió dejar Rosario para tratarse en Madridcerca del entonces 10 y símbolo de una era en el Atlético. Fue un impacto durísimo de un talento que se destaca por sus fintas y por su sonrisa.

Ya papá, maduro, enfocado en su carrera, en 2025 eligió cambiar de aireMudarse a México después de una década en el Colchonero“Me voy con el orgullo de haberlos representado en la cancha, con el corazón y hasta el último minuto”, diría antes de hacer escala durante una temporada en Tigres. Y de volver a la ArgentinaCon el desafío de romperla en un club que ya disfrutó de sus primeras gambetasEl que le dio una #10 pesada por la historia. El que confía en él y en su socio Almada para revitalizarse después de dos largos años sin títulos. Nadie mejor que él para dar pelea con la pelota en los pies.

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